sábado, 27 de marzo de 2010

Aprender a curarse.

Cuando llega la inspiración no queda otra que sentarse en frente de una libreta, un ordenador o algo que me da mucha nostalgia, de cuando hacia mis primeros trabajos para el colegio y donde aprendí mecanografía: una máquina de escribir.

La nostalgia del pasado. La nostalgia de lo que fue y de lo que pudo haber sido. E incluso la nostalgia de lo que nunca fue.

Recuerdo muchas cosas del pasado que echo de menos: mis salidas a ver a los chicos jugar a fútbol; el pirata de barrio del que estaba enamorada (típico de todas las adolescentes); mi primer amor;... Es curioso, los recuerdos que tengo del pasado no son malos, todo lo contrario, recuerdo sólo las cosas buenas. Creo que es debido a que tenemos un baúl en el cerebro donde guardamos los malos momentos para recordar las cosas buenas; pero esto sólo ocurre con el pasado lejano, o lo que es lo mismo, el pasado que hemos olvidado, el que ya, por el paso del tiempo, ha cicatrizado las heridas de lo sufrido y nos deja ver lo que fue sin sentir dolor, recordando sólo las cosas buenas.

No ocurre lo mismo con el pasado cercano. El pasado cercano que nos resulta doloroso. Ese pasado del que aun no ha pasado el tiempo suficiente para que el dolor pase y las heridas cicatricen a base de sutura de cariño y curas de paciencia. Y aunque todo pasa, parece que en momentos como estos las cosas buenas que han pasado no han merecido la pena, porque por una hora de algo bueno vienen días de dolor y sufrimiento. Tenemos visión de túnel para estos momentos, y no podemos ver a los lados. Vemos en blanco y negro, incapaces de ver los matices de los grises.

Pero llega un día y te levantas. Vas a asearte. Te preparas el desayuno y mientras comes piensas “el día aquel que...” y te das cuenta de que ya no te duele. De que ya no sientes la clavada en el estomago. De que por fin, te has curado. Y eres capaz de apreciar no sólo los grises, sino todos los matices de los colores del arcoiris. Y recuerdas con cariño lo que fue, sin necesidad de soltar ni una lágrima por ello. Eres indiferente al dolor.

Sales a la calle y respiras el aire. Huele diferente; huele a cambio. Sientes que hoy, los rayos de sol, si que calientan. Lo que viene no lo sabes, pero si sabes que va a ser diferente. Porque lo que no te mata no sólo te hace más fuerte, sino que te ha enseñado ha vivir. Has aprendido algo. Y lo más probable es que no vuelvas a cometer los mismos errores, o si; pero a partir de ahora sabes algo: “ya lo mismo, no dolerá tanto; has aprendido a curarte”.

miércoles, 24 de marzo de 2010

El milagro de la mosca.

La otra noche encendí una vela en mi cuarto. Una pobre y diminuta mosca paso volando cerca de ella y se quemó una ala. Pensé en como hacer para que volviera a volar. La pobre sólo ha conocido un mundo del que puede escapar volando ¿cómo lo va a hacer ahora sin ala? Me compadecí de la mosca. La recogí del suelo y me propuse cuidarla los pocos días que viven; ya que mi vela fue la culpable de su accidente, lo menos que podía hacer era ayudarla en sus futuros días, para que su paso por este mundo no fuera tan tortuoso. La puse en una caja de paredes altas, transparentes, de la cual no podría salir saltando, pero que por ello no se perdiera la visión del mundo. La sacaría todos los días de su corta vida y la alimentaría de igual manera. Me acosté con ese pensamiento: "hacer feliz a la mosca discapacitada los días que le queden". Al día siguiente me levanté y la mosca no estaba. Descubrí el milagro. La naturaleza, el tiempo y la capacidad que tenemos los seres vivos de salir adelante, hicieron que la mosca aprendiera a volar con un ala y media.

De la misma manera los seres humanos aprendemos a seguir hacia delante. A avanzar. A nosotros, a lo mejor no nos amputan un brazo o un pie, pero nos van arrancando alas y patas del alma, del corazón. Y aprendemos a seguir volando; aprendemos a caminar incluso sin patas. Esa es la grandeza del ser humano. Nos miramos al espejo y sabemos que si nos dejamos vencer no nos servimos; que si nos venimos abajo por lo que nos hacen los demás, no nos servimos. Y levantamos la cabeza, y la llevamos bien alta. Porque somos como la mosca: sabemos volar sin alas.