Cuando llega la inspiración no queda otra que sentarse en frente de una libreta, un ordenador o algo que me da mucha nostalgia, de cuando hacia mis primeros trabajos para el colegio y donde aprendí mecanografía: una máquina de escribir.
La nostalgia del pasado. La nostalgia de lo que fue y de lo que pudo haber sido. E incluso la nostalgia de lo que nunca fue.
Recuerdo muchas cosas del pasado que echo de menos: mis salidas a ver a los chicos jugar a fútbol; el pirata de barrio del que estaba enamorada (típico de todas las adolescentes); mi primer amor;... Es curioso, los recuerdos que tengo del pasado no son malos, todo lo contrario, recuerdo sólo las cosas buenas. Creo que es debido a que tenemos un baúl en el cerebro donde guardamos los malos momentos para recordar las cosas buenas; pero esto sólo ocurre con el pasado lejano, o lo que es lo mismo, el pasado que hemos olvidado, el que ya, por el paso del tiempo, ha cicatrizado las heridas de lo sufrido y nos deja ver lo que fue sin sentir dolor, recordando sólo las cosas buenas.
No ocurre lo mismo con el pasado cercano. El pasado cercano que nos resulta doloroso. Ese pasado del que aun no ha pasado el tiempo suficiente para que el dolor pase y las heridas cicatricen a base de sutura de cariño y curas de paciencia. Y aunque todo pasa, parece que en momentos como estos las cosas buenas que han pasado no han merecido la pena, porque por una hora de algo bueno vienen días de dolor y sufrimiento. Tenemos visión de túnel para estos momentos, y no podemos ver a los lados. Vemos en blanco y negro, incapaces de ver los matices de los grises.
Pero llega un día y te levantas. Vas a asearte. Te preparas el desayuno y mientras comes piensas “el día aquel que...” y te das cuenta de que ya no te duele. De que ya no sientes la clavada en el estomago. De que por fin, te has curado. Y eres capaz de apreciar no sólo los grises, sino todos los matices de los colores del arcoiris. Y recuerdas con cariño lo que fue, sin necesidad de soltar ni una lágrima por ello. Eres indiferente al dolor.
Sales a la calle y respiras el aire. Huele diferente; huele a cambio. Sientes que hoy, los rayos de sol, si que calientan. Lo que viene no lo sabes, pero si sabes que va a ser diferente. Porque lo que no te mata no sólo te hace más fuerte, sino que te ha enseñado ha vivir. Has aprendido algo. Y lo más probable es que no vuelvas a cometer los mismos errores, o si; pero a partir de ahora sabes algo: “ya lo mismo, no dolerá tanto; has aprendido a curarte”.

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