La otra noche encendí una vela en mi cuarto. Una pobre y diminuta mosca paso volando cerca de ella y se quemó una ala. Pensé en como hacer para que volviera a volar. La pobre sólo ha conocido un mundo del que puede escapar volando ¿cómo lo va a hacer ahora sin ala? Me compadecí de la mosca. La recogí del suelo y me propuse cuidarla los pocos días que viven; ya que mi vela fue la culpable de su accidente, lo menos que podía hacer era ayudarla en sus futuros días, para que su paso por este mundo no fuera tan tortuoso. La puse en una caja de paredes altas, transparentes, de la cual no podría salir saltando, pero que por ello no se perdiera la visión del mundo. La sacaría todos los días de su corta vida y la alimentaría de igual manera. Me acosté con ese pensamiento: "hacer feliz a la mosca discapacitada los días que le queden". Al día siguiente me levanté y la mosca no estaba. Descubrí el milagro. La naturaleza, el tiempo y la capacidad que tenemos los seres vivos de salir adelante, hicieron que la mosca aprendiera a volar con un ala y media.
De la misma manera los seres humanos aprendemos a seguir hacia delante. A avanzar. A nosotros, a lo mejor no nos amputan un brazo o un pie, pero nos van arrancando alas y patas del alma, del corazón. Y aprendemos a seguir volando; aprendemos a caminar incluso sin patas. Esa es la grandeza del ser humano. Nos miramos al espejo y sabemos que si nos dejamos vencer no nos servimos; que si nos venimos abajo por lo que nos hacen los demás, no nos servimos. Y levantamos la cabeza, y la llevamos bien alta. Porque somos como la mosca: sabemos volar sin alas.
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